Ignacio Peyró: “Puede haber una tendencia a convertir situaciones de la época en religiones civiles”

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Clara Mollá Pagán y Andrés Pelayo Alfonso

Con Ignacio Peyró (Madrid, 1980) sucede algo particular. Primero, que al hablar con él uno siente la necesidad de tratarle de usted. Segundo, que se es consciente de que solo alguien como él podía escribir Ya sentarás la cabeza, un libro que recopila sus reflexiones y vivencias en los años en los que ejerció el periodismo y que relatan, con suma sensibilidad y una mirada diferente, un Madrid que él mismo describe como candente, una profesión destinada a no volver a ser lo que fue y un país cambiante y dinámico condenado, tristemente, a tener que mirar con cierta envidia hacia atrás. En Abisal hemos querido hablar con él sobre su obra, la literatura y el periodismo.

PREGUNTA. Queríamos hablar contigo por Ya sentarás la cabeza, un libro muy personal. ¿Por qué decides abrirte y escribir algo tan íntimo?

RESPUESTA. Hace unos años le pasé las notas que tenía (un poco desordenadas y en bruto) a un amigo que es crítico literario y le pregunté si ahí podía haber algo. Me dijo que sí, que ahí había material para un buen libro. Tuve que limpiar mucho de este manuscrito porque era inabarcable y al final lo que ha quedado es un libro que no deja de ser abultado. Es un libro personal, aunque yo no creo que sea en exceso íntimo: es cierto que es mi vida, pero es más la vida ante mis ojos que mi propia vida en sí. Eso es lo que siempre me ha interesado como escritor, no tanto la intimidad sino decir algo del mundo en el que estás.

P. ¿Qué pueden aportar estos diarios a los jóvenes que están a punto de salir al mercado laboral o que están empezando en el periodismo?

R. Espero que algo de la belleza del oficio y una cierta ilusión, sobre todo la de los comienzos, que está ahí de modo indudable.

P. Quiere transmitir una ilusión y una belleza que usted en un momento perdió. ¿Ese es el destino al que están abocados muchos periodistas?

R. ¿A no trabajar en lo suyo?

P. A darse la bofetada contra la realidad que hay al salir de la universidad

R. Darse una bofetada con la realidad no es privativo de los periodistas, casi todo el mundo tiene un pequeño momento de posicionamiento como mínimo. Quien se ha metido en este tiempo ya sabe que lo ha hecho en un periodismo en crisis y sabe a lo que se arriesgaba, a dónde venía. Por tanto, esperemos que vaya un poco vacunado y que sepa mantener la ilusión. No soy necesariamente pesimista, ni mucho menos, pero sí que es cierto que las semanas enteras en París para hacer una entrevista hace décadas que terminaron.

P. En tu libro dejas entrever una crisis en el periodismo y la literatura. ¿A qué crees que se debe?

R. La crisis del periodismo está muy estudiada y radiografiada. Creo que es también una crisis de lectores (hecho en el que se insiste poco) y una pérdida de lealtades hacia los medios tradicionales que no tiene que ver solo con la tecnología y que ha llevado a nuevas formas de leer. El papel catedralicio y mediador que tenían los medios entre la realidad y la propia opinión pública se ha resentido mucho y hemos acusado la crisis con creces. Ahora parece que poco a poco vamos encontrando nuevos modelos sostenibles, pero en general ha habido una redimensión muy drástica.

En cuanto a la literatura, puede tener la competencia de otras formas de arte más inmediatas que calman esa necesidad de fabulación que todos tenemos. Ahí están, por ejemplo, las series, que desde hace unos años vemos como no dejan de estragar el paladar y parecen hechas, precisamente, en serie. Pero el número de gente que ha leído nunca ha sido abundantísimo, por eso la literatura siempre ha tenido una salud un poco precaria, pero siempre ha salido hacia adelante como creo que lo hará el periodismo, pero sin la gloria y el poder que tenía antaño.

P. Dejaste el periodismo hace mucho tiempo y ahora has vuelto como columnista. ¿Qué es lo que tenía ese periodismo, eso que te animó a comenzar y que un día se fue?

R. Como tanta gente a la que le gusta leer y escribir, el periodismo era para mí una excusa para seguir leyendo y escribiendo; era la manera de ganarte la vida con algo que tenía que ver con lo que a ti te gustaba y es algo que los escritores españoles han hecho desde siempre.

El periodismo es algo muy fácil de echar de menos. Es fácil echar de menos una redacción, es fácil echar de menos ese modo de vida, es fácil echar de menos esa adrenalina y es fácil echar de menos cuando uno es periodista y ve según qué cosas y está en según qué ambientes o algunos acontecimientos con una trascendencia fuera de duda. De todas formas digamos que yo ya estoy curado de melancolías y nostalgias.

“No creo que hayamos sido un país tradicionalmente puritano en absoluto, pero es posible que de algunos puritanismos ultimísimos sí que nos vayamos contagiando”.

Ignacio Peyró

P. ¿Qué debe tener un buen periodista?

R. Cierta curiosidad y decencia. Curiosidad para interesarse por las cosas, inteligencia para saber si le están contando un cuento o no y no confundir unas cosas con otras, decencia para no tener la voluntad de hacer daño a nadie con un poder que el periodista aún tiene en un grado importante.

P. Ahora que vive en Londres y ve desde el extranjero todo lo que ocurre con perspectiva ¿Cómo ve la política de la capital desde fuera?

R. A mí en política no me gusta mucho entrar ahora mismo, pero sí diría que yo me fui de Madrid un poco… no sé si diría desengañado, pero no absolutamente encantado con una ciudad con la que siempre existe cierto apasionamiento. Sin embargo, ahora, conforme más vuelvo, más me gusta. Estoy absolutamente encantado y encandilado. Me parece que es una ciudad magnífica.

P. Disculpe la pregunta, ¿pero por qué no le gusta hablar de política?

R. Porque no tiene mucho sentido al estar en un cargo que requiere de una cierta neutralidad institucional.

P. Interpretaba que era en su vida diaria

R. Claro que hablo de política en mi vida diaria y tengo mis opiniones, pero no creo que pueda orientar a nadie en esa batalla que hay en Madrid.

Tras marcharse de España, Ignacio Peyró desarrolla su actividad en el Instituto Cervantes de Londres, labor que ve reconocida a diario. Foto: Rita Álvarez Tudela.

P. Le quiero preguntar acerca de la familia. En su obra, esta tiene un papel fundamental en figuras como su abuelo. De él, dice que le debe detalles como la forma de su mente. ¿Cómo cree que influyo la generación de su abuelo en la suya?

R. Creo que los abuelos son una parte específica en la formación de uno. Son alguien que no va a durar siempre, posiblemente lo hagan poco. La relación entre abuelos y nietos es de menor exigencia y más laxa que de padres a hijos, por lo que crean un fondo en la vida de una cierta dulzura que va alimentándonos y cobrando sentido conforme pasa el tiempo y pasan las décadas. Son una generación que lo pasó mal, mi abuelo hizo la guerra. También estarían presentes a la hora de anudar ese vínculo de paz y de concordia que fue el post setentaicinco, que fue la Constitución del 78. Creo que estamos en deuda, no solo con esa generación, sino también con la siguiente. No sé si nosotros hemos hecho nada tan importante como ellos, yo creo que no. Ellos supieron estar a la altura de lo que fue su responsabilidad en esos momentos.

P. ¿España es un país de puritanos?

R. No creo que hayamos sido un país tradicionalmente puritano en absoluto, pero es posible que de algunos puritanismos ultimísimos sí que nos vayamos contagiando. Eso está en todo. Está en nuestra relación con el alcohol, que ya es menos sana, menos mediterránea, menos “una copa de vino a mediodía”; ahora es aprovechar los viernes y los sábados para beber muchísimo. También pasa con los usos laborales. Antes, todo el mundo entendía que en la relaciones laborales era común hacerse regalos. Llegaba la Navidad y al señor que te había dado una contrata se le mandaba una cesta. Ahora eso nos parece escandaloso, pero posiblemente no lo fuera, sino que se hacía para dulcificar el trato humano. Cada vez hay una mayor derivada hacia esos nuevos puritanismos, sin duda.

Uno de los problemas que creo que hay es que España no puede vivir siempre en un estado de dramatismo total

Ignacio Peyró

P. ¿A qué nuevos puritanismos se está sometiendo España?

R. Puede haber una tendencia un poco extremada a convertir ciertas situaciones de la época en una especie de religiones civiles. Esto va desde el medioambiente, el animalismo o las políticas de identidad.

P. ¿La bandera cultural puede enarbolarse por parte de la derecha o ha pasado a ser algo más propio de la izquierda?

R.  Eso ha ocurrido desde hace muchos años, por lo tanto no es nuevo. Curiosamente siempre ha habido una derecha culta, a veces un poco ocultada. Siempre la ha habido pero ha sido mal conocida. Quizás ha tenido algunos problemas al hacer una propuesta para el mundo de hoy, algo que vaya más allá de unas cuantas élites tradicionalistas (y me refiero al tradicionalismo español en sentido estricto, no a una cierta idea de la tradición). Uno ve normal que haya cierta gente conservadora que no se sienta muy a gusto en la cultura que hay ahora que parece hecha de un modo ajeno a ellos cuando no es directamente contraria a ellos. Pero bueno, creo que también tenemos unas sociedades abiertas en las que a veces puedes colocar tu mensaje, y eso es lo que hay que hacer.

P. ¿A la clase política española le faltan lecturas?

R. Es muy posible, sí. ¿Pero a quién no le faltan? Más que un problema de falta de lecturas o falta de cultura es una necesidad de tensar y polarizar los debates, lo que conlleva una degradación del lenguaje. Y si el lenguaje se degrada, todo el espacio compartido de lo público también lo hace.

P. ¿Se banaliza en exceso en lenguaje con fines determinados?

R. Sí, y no solo lo banalizan, sino que lo usan en todas sus posibilidades para el mal y la intoxicación. Uno de los problemas que creo que hay es que España no puede vivir siempre en un estado de dramatismo total, y ahora tiene unas conclusiones dramáticas muy grandes y que desapareciera nos haría mucho bien.

P. ¿Por qué se define usted cómo conservador?

R. Porque entiendo que hay que ser un poco sensato, por no decir escéptico, sobre las posibilidades de mejora que tenemos, que ciertamente son reales y existen y tenemos el deber de afrontarlas, pero sin que cada generación se crea que ha venido a rebautizar el mundo. Hay que ser conscientes de los equilibrios tan débiles sobre los que se asienta nuestra prosperidad y nuestra vida en sociedad y lo mucho que cuesta construirlo todo y lo fácil que es que todo se vaya a la mierda (con perdón).

P. Para finalizar. Hemos hablado de lo que su libro puede aportar a los nuevos periodistas, ¿pero qué le ha aportado a usted el periodismo?

R. El periodismo me ha dado sentido a muchos años de vida y ha sido una pasión, un oficio y un entretenimiento. No deja de ser una vocación, y cuando no lo estás haciendo pasas a estar un poco exiliado, aunque ya os digo que siempre he mantenido el vínculo. Te da la oportunidad de trabajar con las palabras y de ver la comedia de lo humano.

P. Antes de irnos te queríamos preguntar, ya que estás en el Cervantes, por la el libro esencial que crees que todo el mundo debe leer y que no sea El Quijote.

R. Recomendaría a los españoles leer mucha poesía clásica española, es un infinito armario de recursos y es donde está nuestra lengua en su mayor esplendor. Además, te enseña a sentir, a decir, te enseña el ritmo, la musicalidad del lenguaje, todas las posibilidades de ordenar el pensamiento y la lengua de la forma más bella. Tenemos que aprovechar que tenemos una tradición poética espectacular y espectacularmente legible (a Lope se le puede leer sin muchísimas notas a pie de página).

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