El mito de Villalar

Un lluvioso 23 de abril de hace 500 años, los campos de Villalar de los Comuneros eran testigos de una de las batallas más trascendentales de la historia de España, que, si bien no puso fin al movimiento comunero de Castilla, lo dejó herido de muerte.

Sobre el movimiento comunero se han escrito ríos de tinta, quizás con demasiado caudal. El imaginario popular español ha mitificado el conflicto y ha elevado a los líderes comuneros al estatus de héroes nacionales. Lejos de esta deificación de sus protagonistas, los comuneros no fueron más que gentes sencillas de poblaciones castellanas, pero que consiguieron dar más de un quebradero a la cabeza del que fue uno de los Monarcas más poderosos de su tiempo y de los venideros. 

El movimiento comunero surgió principalmente de dos factores; el económico y el político. La marcha de Carlos I para obtener la corona del Sacro Imperio supuso el detonante de una suerte de crisis económicas y malestares entre la burguesía y la nobleza castellanas, que se vieron reemplazadas en sus cargos por altas personalidades flamencas que el joven rey había traído en su séquito como si formaran parte de su equipaje. De entre estas personalidades destaca Adriano de Utrecht, encargado de la regencia durante la ausencia de Carlos, y cuya designación fue vista por los castellanos como una afrenta a la memoria del Cardenal Cisneros. Estos desafortunados eventos provocaron el levantamiento de las clases urbanas acomodadas y de las clases populares tanto urbanas como rurales, que tomaron a la Reina Juana, madre del Primer Carlos, como legítima propietaria del trono de Castilla.

Si empleamos la visión del historiador, a medio y largo plazo, podemos ver que muchas de las lecciones de los comuneros acabaron triunfando.

Enrique Berzal de la Rosa

Según la tesis del hispanista Joseph Pérez, y la afirmación de Enrique Berzal de la Rosa, doctor en Historia por la Universidad de Valladolid, podría decirse que Castilla se encuentra ante una “verdadera revolución adelantada a su tiempo”. El hispanista francés la describe como un intento de movimiento nacional destinado a promover reformas, pero cuyo viraje hacia un ideario que clasifica de “antiseñorial”, propició que aquellos mismos nobles castellanos que habían iniciado la revuelta, pasasen a apoyar al bando realista. 

En ocasiones se concibe a los comuneros como revolucionarios antimonárquicos que pretendían un cambio de modelo de Estado, frente a la España oscura y antigua que representaba el primer Austria Español. Nada más lejos de la realidad. Tal y como afirma César Cervera Moreno, periodista y escritor especializado en divulgación histórica, algunas de sus ideas procedían de Isabel I, y muchas de ellas fueron adoptadas por el propio Carlos I posteriormente. Además, el adjetivo de “antimonárquico” supone un anacronismo carente de sentido si se tiene en cuenta que el estandarte de la revolución fue la Reina Juana de Castilla, que no “la Loca”. Porque la mitología histórica ha revestido a Juana de un halo de locura que no era tal. El hecho de que no reinase lo achaca Cervera a su falta de “ambición política”, y que en ningún momento se posicionase en contra de su hijo, a pesar de que simpatizaba con ciertos aspectos de los comuneros, saca a relucir la cordura que tantas veces le ha arrebatado la historiografía nacional.

Batalla de Villalar, Manuel Picolo y López, Palacio del Marques de Salamanca.

El 23 de abril, el ejército comunero con Padilla a la cabeza se replegaba a Toro, y a la altura de Villalar, las tropas del Emperador cayeron sobre ellos haciendo gala de su clara superioridad militar, a lo que se juntaron las malas condiciones climatológicas. Al día siguiente, fueron juzgados y ejecutados por delito de lesa majestad los líderes del movimiento, Francisco Maldonado, Juan Bravo y Juan de Padilla (cuya mujer, María Pacheco, “la Leona de Castilla”, continuó el movimiento en Toledo unos meses más).

Muerto el perro, se acabó la rabia; y es que, además de la revuelta de las Germanías, Carlos I no hubo de apaciguar más revueltas políticas y sociales de tales dimensiones. “Si empleamos la visión del historiador, a medio y largo plazo, podemos ver que muchas de las lecciones de los comuneros acabaron triunfando”, asegura Berzal de la Rosa. El movimiento comunero había sido derrotado, pero podría decirse que había logrado su objetivo. Cuando el Monarca regresó a España cambió su actitud y comenzó a hispanizarse. La eficacia de su ejército (los Tercios desde 1534) y la llegada de metales preciosos desde las Indias, convirtieron a Castilla en su base estratégica, dando preeminencia a este reino y a sus nobles para integrarse en la estructura imperial.

Tenemos una querencia sentimental por la derrota. La imagen más visible de los comuneros es la de los tres líderes siendo ejecutados tras ser capturados en Villalar. Es la exaltación de la derrota por la derrota.

César Cervera

La historia del levantamiento de las comunidades ha sido un aliciente y un antecedente histórico para movimientos revolucionarios posteriores. La historia de los comuneros se recuperó en el Siglo XIX, de la mano de los liberales de la Constitución de Cádiz de 1812 y los del Trienio Liberal del “trágala perro”. Del mismo modo, resurgió enérgicamente a principios del Siglo XX, como es el ejemplo de los líderes republicanos de 1931, que adoptaron la franja morada en su bandera en honor a los comuneros (si bien se trata de un error histórico, pues la bandera comunera no era morada, sino carmesí), o del fundador de las JONS, Onésimo Redondo, que tomó Villalar como ejemplo de reivindicación histórica de Castilla. Todos ellos veían en los comuneros una legitimidad histórica a sus pretensiones. Una legitimidad que muchas veces tiene auténtica conexión con las demandas del momento, pero que otras hace que se “utilice la Historia para afanes del presente que poco tienen que ver con la realidad  del momento”, asevera Berzal de la Rosa.

Tras un período de inadvertencia, retornó con fuerza en los primeros años de la Transición, ya que se vio como un antecedente democrático. Un retorno que se instaló en la cabeza de los españoles para quedarse, de forma que cualquiera puede decir “Padilla, Bravo y Maldonado” de seguido y como si de un estribillo se tratase. La querencia que se tiene en España por la exaltación de la derrota ha provocado que la imagen más visible de esta revuelta sea la ejecución de sus líderes en el lienzo de Antonio Gisbert. Se trata de una escena dramática, capaz de levantar las pasiones del más tibio, que nos plantea un Carlos I despiadado y represivo. La realidad es que la represión fue realmente leve, sin duda extraño para un Monarca que acababa de llegar,  que además lo había hecho con el pie izquierdo, y necesitaba dar un golpe de timón. Su astucia política lo incitó a evitar una caza de insurrectos, a los que bien es verdad que nunca llegó a perdonar y de los que desconfió de por vida. Pero el imaginario popular ha preferido quedarse con la imagen y obviar el resto. “Tenemos una querencia sentimental por la derrota. La imagen más visible de los comuneros es la de los tres líderes siendo ejecutados tras ser capturados en Villalar. Es la exaltación de la derrota por la derrota”, afirma Cervera.

Los Comuneros Padilla, Bravo y Maldonado en el patíbulo, Antonio Gisbert Pérez, Museo del Prado.

Las distintas reinterpretaciones que se han ido haciendo a lo largo de la historia han creado una imagen determinada de los comuneros en el ideario histórico nacional. Estas reinterpretaciones sirvieron desde el siglo XIX como forma de tender puentes comunes y buscar una concordia común. Una concordia que, en palabras de Cervera, se rompió en la Guerra Civil, y que no se ha vuelto a encontrar en una sociedad tan polarizada como la actual.

Los mitos, como es el caso de los comuneros, ejercen un valor social muy importante. Crean una cultura a su alrededor que permite crear puntos de encuentro entre personas muy diversas, emocionarse frente al cuadro de Gisbert, y encontrar una inspiración y un referente en aquellos que vinieron antes. No obstante, a pesar de su más que clara importancia, no se debe perder la perspectiva y el rigor histórico, siendo necesario alejarse del empleo partidista de la Historia. Y es que solo hay una cosa peor que olvidar nuestra historia, inventársela. 

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