Juan Soto Ivars: «La quiebra de la izquierda en identidades es suicida»

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Juan Soto Ivars (Águilas, 1985) fuma Camel y bebe café americano mientras lamenta que no pasa el suficiente tiempo en Madrid. Con las ojeras de padre —esas que solo salen a los primerizos que se despiden de dormir tranquilamente durante muchos años, aunque estén a kilómetros de distancia—, Ivars habla de todas las entrevistas que tiene ese día y de lo que lo provoca: su nuevo libro, La casa del ahorcado, un ensayo sobre cómo la susceptibilidad, la ofensa y las identidades forman parte del siglo XXI. Con motivo de la publicación, desde Abisal hablamos con él.

PREGUNTA. Nunca se sabe del todo bien de qué pie cojeas políticamente. ¿Crees que es importante para el periodismo no tener este sesgo marcado?

RESPUESTA. No creo que sea importante para el periodismo porque lo que se premia son los activistas, gente muy muy previsible en sus opiniones y muy pegada al argumentario de alguno de los partidos en liza. Creo que es importante tener la mente muy abierta a la hora de hacer este trabajo y no cerrarse. Yo tengo una ideología, e intento que se note poco cuál es, aunque se me ve el plumero muchas veces. Pero es divertido constatar que esta cosa de la equidistancia que se han inventado, para los de la derecha significa que eres una especie de rojo escondido y para los de la izquierda que eres una especie de facha escondido.

P. ¿Cómo se es un fascista y un extremista de derechas y un comunista empedernido de la izquierda más radical?

R. Vivimos en una sociedad paranoica y neurótica en la que queremos tener a todo el mundo muy identificado porque vivimos en una especie de angustia en la que parece que los quintacolumnistas están escondidos debajo de las piedras. ¿Cómo se puede ser fascista y comunista a la vez? Porque estamos siendo observados por gente que quiere encontrar al enemigo escondido.

“La derecha es muy patrióticamente correcta, en el sentido de que la misma ofensa que despierta el chiste machista y el chiste racista en la izquierda, lo despierta en la derecha el sonarse con una bandera”

Juan Soto Ivars

P. Chaves hablaba de una tercera España alejada del extremismo y en ella se te ha colocado en varias ocasiones.

R. Sí, pero eso es un mito también. Yo creo que la tercera España es la eterna Arcadia a la que algunos liberales de izquierdas y de derechas queremos llegar. Liberales no en el sentido económico, sino en el sentido filosófico, gente que entiende que la libertad es un valor muy supremo respecto a otros, que es un buen sustrato sobre el que construir la justicia y que entiende que vivimos con distintos y que tenemos que cultivar la transigencia, que no la tolerancia. Por eso, cuando gana el partido que a mi no me gusta y hace Gobierno digo: “bueno, nos esperan cuatro años donde la pelota está en el tejado de los que han sido mayoría”, pero no empiezo a poner las alarmas antiaéreas en mi casa diciendo que se acaba España. Creo que es importante que todos cultivemos el arte de decir: “tú existes, yo también. No vamos a estar de acuerdo, pero no pasa nada”.

P. ¿Por qué tenemos la necesidad de encasillarnos en un grupo social? Soy de derechas, de izquierda, de centro, de arriba, de abajo…

R. Soy mujer, soy blanco, soy negro, soy hombre, soy hetero, soy gay… Las sociedades se mantienen funcionando cuando tienen algo que las religa, y los romanos tenían una palabra preciosa para eso que era religio, que no se refiere a la superstición, la religió es una idea de fuerza que une a todo el Imperio y a toda la sociedad, que no tiene que ver con los dioses. En nuestras sociedades democráticas, esa religió no tenía que ver ni con la bandera ni con la democracia: la religio en Occidente era que los hijos viven mejor que los padres. Como esa religio se rompe en 2008, tu generación vive peor que, por ejemplo, la mía; y la mía peor que la de mis padres. Cuando todas las cuentas del collar se desparraman y la gente se tiene que refugiar donde puede, buscan religios nuevas, pero son religios pequeñas. Ahí es donde surgen todas estas identidades , porque no hay un ascenso solamente de las identidades nacionalistas como “españoles contra catalanes, españoles contra franceses”, eso ya estaba, aunque también se refuerza. Ahora nos encerramos también en las identidades más pequeñitas o más leves, como “soy gay, y todos los gays pensamos igual y tenemos que hacer todo esto”. Es un proceso de refugio.

P. Pero estos grupos identitarios mayoritarios poco a poco se van fragmentando y haciéndose aún más pequeños.

R. Como todo este proceso de refugio se da en un ambiente de desconfianza mutua, dentro de los grupos operan escisiones, porque la vigilancia produce la herejía. La herejía surge de una mirada vigilante y paranoica. La ortodoxia tiene miedo de ser destruida por la herejía. Cuando alguien se desvía del dogma, le llaman hereje. Esto se ve muy bien en las izquierdas, porque la izquierda identitaria, como ha roto ya la idea de la clase social para unir a clases distintas en torno a la economía, se ha fragmentado en taifas donde cada identidad compite con las otras por ver cuál es la que tiene más problemas y necesita ayuda más urgente. Se ha visto entre las feministas radicales y la gente trans, cómo de pronto, en torno a la identidad y al qué es ser una mujer, qué es ser un hombre, si se puede o no se puede cambiar, se crea una escisión y unas son herejes para las otras y entran en guerra, y es una guerra de religión.

P. ¿La derecha está entrando en esa “guerra de religión” en la que entró la izquierda, pero de forma más tardía?

R. ¡Y también previa! Es más tardía en nuestra época, pero la derecha ha sido identitaria desde mucho antes. De hecho, el franquismo es un movimiento mucho más identitario con respecto a la patria de los republicanos, que son mucho más variables y que acaban enfrentándose entre sí como anarquistas, comunistas, soviéticos, no soviéticos.

En la derecha hay un retroceso tribal, y se ve muy bien con Vox, que es un partido tribal, un partido que se sube a la loma y llama a la tribu desde allí. Y la tribu es el español amenazado por el inmigrante, el español amenazado por las feminazis, etc. Tienen esa retórica que también hay en el otro lado, pero cambiando el símbolo. En un enfrentamiento de identidades, siempre va a ganar el nacionalismo, porque ha pasado así a lo largo de la historia. Por eso yo considero que la quiebra de la izquierda en identidades es suicida, porque tienes en frente el nacionalismo, que es capaz de galvanizar mucho mejor a gente distinta bajo una bandera, y se ve muy bien en Cataluña, mejor que en el hecho de que todos los heteros tengamos que pensar igual, porque es una tontería, no tenemos nada que ver unos con otros.

“Vox, que es un partido tribal, un partido que se sube a la loma y llama a la tribu desde allí”.

Juan Soto Ivars

P. Antes achacábamos el puritanismo a esa derecha “Bernarda Alba”, arraigada en las costumbres más arcaicas. ¿España está volviendo a ser un país de puritanos solo que al otro lado?

R. El puritanismo vuelve a ser el efecto de una mirada paranoica. El puritano cree en la pureza, y la pureza es algo que hay que defender de la contaminación. Hablo de pureza y contaminación de forma simbólica. El puritano tiene miedo de la cultura que es mezcla, de la libertad, que es peligrosa y parece que va a malograr esa pureza. El puritanismo hoy está muy anclado en los movimientos de la izquierda porque se está refugiando en identidades que deben ser defendidas de toda amenaza simbólica. Por eso, la corrección política es un movimiento puritano, porque lo que dice es que cualquier manifestación gamberra o chabacana o demasiado libre es una amenaza para distintos colectivos. Al final están defendiendo la honra. Tú has dicho Bernarda Alba, y es muy buen ejemplo porque gira alrededor de la honra. La honra de la mujer en esa época es una idea absolutamente puritana. ¿Qué es la honra? ¿Por qué hay que defenderla? ¿Por qué una mujer destruye su honra en cuanto es un poco libre? Ahora hay que defender la honra de un montón de colectivos distintos, y, como dice Robert Hughes en La cultura de la queja, está la corrección política y en frente, a la derecha, la corrección patriótica. La derecha es muy patrióticamente correcta, en el sentido de que la misma ofensa que despierta el chiste machista y el chiste racista en la izquierda, lo despierta en la derecha el sonarse con una bandera.

P. ¿Los movimientos radicales de izquierdas y de derechas como Vox y Podemos nos han convertido en un país más susceptible a la ofensa?

R. Yo diría que estamos en una pescadilla que se muerde la cola, porque ellos también están aprovechando esa fragilidad que lleva a la ofensa constante y lo alimentan, pero también se aprovechan de él. La ofensa es la gasolina del populismo. El populismo es un líder que apela a las esencias del pueblo que representa él. Siempre da la casualidad de que el pueblo vallecano se parece a Pablo Iglesias, el pueblo español se parece a Abascal, el pueblo catalán se parece a Puigdemont. Ese tipo de sinvergüenzas aprovechan lo que ya hay y lo exacerban para crecer o para mantenerse. En el caso de Podemos se ve cómo está intentando mantenerse, no desaparecer; en el caso de Vox está intentando crecer; en el caso de Puigdemont también está intentando mantenerse, porque ha visto que se le descompone, que la República no existe. Cuantos más populistas haya, peor estaremos en términos de ofensa, porque cada día hay algo que les ha ofendido muchísimo y que tiene que ofender a quienes les siguen. Eso se ve en Twitter. Cada día hay un Trending Topic que tiene que enfadarte si eres de estos.

P. ¿Las redes sociales nos han hecho peores personas?

R. Twitter está programado para cabrearte, porque si no te cabrea, no pasas tanto tiempo conectado y ellos quieren que estés mucho tiempo ahí. Sin ofensa, sin cabreo y sin crispación, Twitter se acaba. Yo en el libro comparo las redes sociales con el proyecto Manhattan: es una tecnología que empieza a tomar sus propias decisiones porque se crea sin que nadie se pregunte cómo va a afectar a la condición humana. Con la bomba atómica se ve muy bien, porque se crea creyendo que Hitler lo va a hacer y los estadounidenses deciden crearla antes. Pero cuando Hitler cae con el III Reich y la guerra acaba en Europa, siguen para lanzarla sobre Japón; y cuando acaba la guerra mundial y ya la han lanzado sobre Japón, siguen y crean la bomba de hidrógeno; y entonces son los soviéticos los que la hacen y entramos en la escalada de las armas nucleares. Esto lo cuenta muy bien Hannah Arendt, es la propia bomba la que manda. Nadie nos ha preguntado como democracia si queríamos esto, nadie nos avisó de que sería así, no se sabía el precio.

P. ¿Estamos matando las causas que nacieron con fines nobles como el feminismo o la lucha por los derechos de las personas LGTBI?

R. Esto ha pasado siempre. Los movimientos revolucionarios y las revoluciones acaban malogradas por el mismo motivo. Yo no diría que es nuevo, pero sí que diría que, en lo que es distinto a lo de antes, es que estos movimientos intentan integrar a la gente que no estaban integradas en la sociedad. Por ejemplo, los negros en los años 60 o 70, con Martin Luther King, querían formar parte de la sociedad. Ahora estos movimientos buscan segregar, están ensalzando unas imágenes que segregan y esa es la diferencia.   

P. ¿Vivimos peor que nuestros padres a cambio de ser más libres?

R. Yo creo que no, porque para ser libre necesitas tener techo, comida y cierta estabilidad en el futuro. Sin eso, a lo mejor puedes ser libre eligiendo la serie de Netflix que ves hoy. Tampoco somos más libres en expresión. La generación de mis padres luchó por la libertad de expresión porque venía del franquismo, y la consiguió y la disfrutó, porque se podía decir de todo y no pasaba nada porque se entendía muy bien que las palabras no eran peligrosas de por sí. Ahora estamos en una regresión, hay una forma de censura nueva que es la que no necesita de un juez, sino de nosotros mismos.

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