Diario de una primera vuelta al mundo

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En el sollado del buque escuela Juan Sebastián Elcano, duermen 62 guardiamarinas de la Armada Española. Tres pasillos corridos con literas de tres les sirven de dormitorio común. La privacidad está al servicio de una cortinilla blanca con la que cuenta cada cama y de una taquilla de un palmo de ancho donde guardan sus enseres. La intimidad es un bien de lujo en el buque escuela —más en esta XI edición de la vuelta al mundo, en la que, por motivos sanitarios, no bajan casi nunca del barco—. Los jóvenes estudiantes de 3º la Escuela Naval de Marín llevan cuatro meses a bordo de la expedición, desde que se sumaron en Guayaquil, Ecuador. Las condiciones espartanas que suponen navegar en un búnker con velas les han obligado a madurar, si no lo habían hecho ya. Desde Yakarta, Indonesia, Natalia Giménez (Oviedo), Raúl Fernández (Madrid) y Rafael Samaniego (Cartagena), tres guardiamarinas que han embarcado en Elcano, han contado a Abisal la experiencia del viaje que están viviendo.

Recuerdan con algo de envidia el viaje que hicieron sus compañeros el año anterior. Ellos visitaron Miami, Río de Janeiro, Buenos Aires… Mientras que los de esta edición pisan, con suerte, alguna playa. “Tienes que ser positivo para pasarlo bien. No hay nada de tiempo libre. Llegas a Hawái y no puedes bajar del barco”, cuenta Natalia. Rafael tiene claro el orden de preferencia de donde le gustaría estar: Casa, Barco y Marín, in that order, como diría Gareth Bale. La clave, cuentan, es saber discernir entre trabajo, estudios y tiempo libre, si no, se pueden perder en la rutina. Como señala Rafael: “la motivación se va diluyendo poco a poco en estos cuatro meses y hay que esforzarse un poco por recordar que ‘coño, estoy haciendo lo que me gusta’”. 

Rafael Samaniego (i), Natalia Giménez (c) y Raúl Fernández (d), guardiamarinas de Elcano.

La vida a bordo de Elcano sigue unos horarios muy estrictos. Todos los guardiamarinas asisten por la mañana a clase, ya que, además de la formación militar, estudian en paralelo Ingeniería. Una vez acaba el horario académico, reparten las tareas de navegación. Cada uno de ellos debe realizar guardias de cuatro horas diarias en el puesto y turno que le toque. Samaniego cuenta que el horario es estresante, dice pasar sueño: “Después de una guardia de madrugada es difícil no dormirse en clase”. La vida en Elcano en época de pandemia no es fácil. Pese a todo, Raúl se alegra de dar y poner en práctica materia que de verdad ven que tiene un implicación directa en su futuro. No solo las clases y las guardias sirven para su formación, la estrecha convivencia con la dotación es vital para el desarrollo de sus aptitudes, especialmente de su liderazgo. “Aprendemos de las historias de gente que lleva muchísimos años de Armada”, dice Raúl. La experiencia de sus superiores les motiva para seguir adelante.

La motivación se va diluyendo poco a poco en estos cuatro meses y hay que esforzarse por recordar ‘coño, estoy haciendo algo que me gusta’.

Rafael Samaniego

Los guardiamarinas se enfrentan a ocho tipos de guardia. Sus labores a bordo de Elcano van desde dar apoyo en el puente de mandos, donde se gobierna la nave, a hacerse responsables del orden en la cámara de guardiamarinas. Pese a que haya tripulación experimentada suficiente, los jóvenes marinos tienen una responsabilidad directa en la navegación. Cada diez días cambian la guardia, de forma que, al finalizar la aventura, todos han estado en contacto con las distintas funciones del buque escuela. Natalia tiene claro que prefiere la labor de cubierta, donde se encarga, por ejemplo, de elegir cuáles son la velas óptimas para el tipo de clima y de travesía. Trabajar al aire libre y poder socializar mientras desempeña la guardia es clave para ella. Eso sí, los tres tienen claro lo que no quieren: las guardias de meteorología y navegación. El trabajo extra que les supone y la dificultad teórica de la labor les genera un fuerte rechazo.

Clases, guardias y estudio. Más allá de la rutina, la dotación necesita distracciones. Las medidas anti-Covid19 que han permitido que no haya contagios a bordo de Elcano reducen al máximo el contacto exterior. La situación de pandemia ha obligado al desarrollo de actividades, fiestas y conmemoraciones en el buque escuela. Esta undécima vuelta al mundo “ha tenido mucha más vida en cubierta”, comenta Raúl. Los guardiamarinas esperan con ganas y algo de miedo el cruce del Ecuador. El traspasar el paralelo 0 supone un bautismo para los marineros. El rito de iniciación en la mar lo lideran los más experimentados de la tripulación, quienes rapan cabezas y gastan las últimas novatadas a los guardiamarinas. Novatadas que han perpetrado lo largo del trayecto, como la de subir a las cofas de 30 metros de altura.

La vida social a bordo del buque ha creado importantes lazos entre la tripulación. La piña formada por los guardiamarina en una situación de encierro, donde llegan a navegar 30 días seguidos y, cuando arriban a puerto, lo que les espera en muchas ocasiones es un muelle de 200 metros, ha mantenido a todos a salvo. Pese a que cuentan con una psicóloga, Natalia dice que casi no han acudido a ella, no lo han necesitado. “O la brigada sale más unida que nunca o se rompe”, les dijo el superior al empezar. El sentido de pertenencia y de servir a un bien superior han propiciado un sentimiento de hermandad entre la tripulación de Elcano.

La navegación hasta ahora ha sido fácil. Larga, pero fácil. No han sufrido ningún temporal en su paso por el Pacífico y su llegada a las costas de los archipiélagos del sur de Asia. Aún así, los vaivenes están a la orden del día. “Es un coñazo a nivel de vida a bordo. Mareos, dormir escorado, comer… El Pacífico es bastante tranquilo, pero al navegar a vela el barco se escora”, cuenta Samaniego. Ante los problemas que causa el mar, cada uno busca sus propias argucias. Raúl pone ropa en el lateral de la cama hacia el lado que el buque se escora para evitar golpes. Con los platos que corretean por la mesa poco pueden hacer más que agarrarlos. La mayor dificultad que han tenido ha sido la entrada a los puertos de Filipinas e Indonesia. La superpoblación de barcos pesqueros que no respetaban las leyes internacionales en las costas del sudeste Asiático ha sido un problema.

Instagram oficial del buque escuela Juan Sebastián Elcano.

Lo que sí ha significado un reto para los tripulantes de Elcano es la comida. Señalan la pérdida de calidad de la materia prima según pasaban las jornadas y la repetición de platos como el principal problema. Ir a comer supone un trámite para ellos, a menos que haya salmorejo. Encontrar el plato andaluz sobre la mesa se traduce en una sonrisa entre los marinos. Los domingos de churros tampoco están nada mal, cuenta Raúl. Hasta han probado el nashi (no creen que vuelvan a hacerlo): una mezcla entre pera y manzana, muy común en Asia Oriental. Eso sí, hambre no han pasado. Cada vez que no les gusta uno de lo platos huyen a sus taquillas y tiran de su reserva de galletas. Rafael cuenta que ha aprendido a regular y racionar sus víveres, si no, además de sueño, hubiese pasado hambre.

La próxima parada de Elcano es en las islas Maldivas. Desde allí, los que puedan, votarán para las elecciones que celebra la Comunidad de Madrid el 4 de mayo. Antes de poner la directa a ‘Carraca’, la base Naval de Cádiz donde duerme el buque escuela, han de pasar por Omán y cruzar el Canal de Suez. Frente al ocaso de su viaje, Rafael confiesa querer llegar a casa, meterse en la cama y poder estirar los brazos y comerse unos canelones de su madre. Raúl dice que ya tendrán tiempo de echarlo de menos en septiembre del año que viene, cuando empiece el nuevo curso. Aún así, la vuelta al mundo en el Juan Sebastián Elcano es una experiencia de vida que les motiva para seguir estudiando y para desarrollarse profesionalmente en la Armada Española.

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