Hollywood dejó así de ser solo blanco

A día de hoy, la industria del cine, aunque de sangre francesa, tiene para la opinión pública nacionalidad estadounidense y se llama Hollywood. Cuando nació el cinematógrafo, de la mano de los hermanos Lumière (1895), Estados Unidos, Inglaterra y Francia comenzaron una carrera por la innovación, que por entonces se conseguía de una forma mucho más sencilla que ahora. El cine era un folio en blanco en el que escribir y la pluma la tenían los blancos. Se fue forjando el conocido como “star system”, un sistema de contratación fija de actores y actrices que tenían al público ganado y que aseguraban el éxito de los filmes estadounidenses. Actualmente, este procedimiento sigue existiendo, pero ya no hay un solo color predominante en la piel de los que lo forman.

Sin embargo, años antes de la aparición del cinematógrafo, durante la época de los campos de algodón y de la esclavitud aún aceptada en Estados Unidos, se dio una nueva corriente en el teatro para representar a las personas de color, porque ellos no tenían derecho a actuar. Esto fue el denominado Blackface, un estilo de maquillaje que más tarde dio el salto a la gran pantalla, sobre todo en la corriente de películas vodevil. Una de estas representaciones teatrales con maquillaje Blackface más conocidas fue la canción Jump Jim Crow, escrita e interpretada por Thomas Dartmouth Rice. “Daddy Rice”, así era como le llamaban, se pintaba la cara de negro y saltaba al escenario a interpretar el baile de un esclavo africano, Jim Crow. La actuación fue un éxito. Se extendió por todo Estados Unidos e incluso sirvió para dar nombre a las posteriores Leyes Jim Crow, que aparecieron tras la Proclamación de Emancipación de Lincoln. Estas leyes sistematizaron la segregación racial durante varios años con el lema “separados pero iguales”. En este panorama se encontraba Estados Unidos cuando nació el cine.

Ejemplo de maquillaje de Blackface.

En el año 2014, el Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York, proyectó unos celuloides que databan del año 1915 y que, según los investigadores, contenían las primeras escenas grabadas con actores negros y actrices negras. Mientras estas grabaciones intentaban sin éxito sortear los obstáculos para publicarse, se estrenaba una de las primeras y más notables películas del cine mudo, El nacimiento de una nación, escrita, producida y dirigida por el cineasta estadounidense D.W. Griffith. Fue un avance extraordinario del cine debido a su formato, ya que contaba con una gran innovación tecnológica. Sin embargo, su fondo recibe las peores críticas de los expertos en la actualidad. Su trama versa sobre la amistad de dos familias estadounidenses, una del norte y otra del sur, durante la Guerra de Secesión y plantea a los africanos libertos como personas incapaces de controlar sus pasiones, obsesionadas con el sexo y el alcohol.

De izquierda a derecha: Sidney Poitier, Stepin Fetchit y Hattie Mcdonald.

Con el tiempo, la población negra consiguió actuar en las películas y aparecer en la gran pantalla. Sus papeles eran siempre de criados o mayordomos. Los análisis posteriores de estos papeles los establecen como “dolorosamente racistas”. Daban la imagen de personas vagas y hedonistas. Así fue el personaje que encarnó Andrew Perry, más conocido como Stepin Fetchit. Entró en la industria en el año 1929 con la película Hearts in Dixie y fue el primer hombre de color que consiguió entrar en los títulos de créditos de sus largometrajes. Su personaje, sin embargo, seguía cumpliendo el estereotipo que marcaba el cine para el hombre negro. De hecho, en la industria se le conoce como el hombre que representaba a “el hombre más vago del mundo”. Aun así, Perry hizo historia sin aún saberlo.

Detrás de él, llegó Sidney Poitier. De padres agricultores bahameños, nació en 1927 en Miami durante una visita vacacional de estos. Se crio en Las Bahamas y volvería años más tarde a Estados Unidos para trabajar y ayudar con la economía familiar. Sirvió en la Segunda Guerra Mundial como cuerpo médico estadounidense y cuando regresó decidió luchar por su sueño: la interpretación. Se presentó a las pruebas del American Negro Theatre, pero le rechazaron por su acento bahameño. Después de meses tratando de corregirlo, volvió a intentarlo y esta vez lo logró. Tras poco tiempo en Broadway, el afamado director Joseph L. Mankiewicz le contrató para su película No Way Out, en 1950, el que sería su debut en la gran pantalla. Poitier fue pionero en muchos ámbitos. Fue el primer actor negro en estar nominado a una estatuilla a mejor actor en 1959, aunque no la consiguió hasta su segunda nominación en 1964 por Los lirios del valle. Además, cinco años más tarde, se estrenó la película Adivina quién viene a cenar (1969), donde se estrenó como primer negro en besar a una mujer blanca en la gran pantalla. En lo sucesivo, realizó papeles controvertidos y fuera de los estereotipos comunes y en 2002 recibió el Óscar honorífico por su trayectoria.

No solo iban a ser hombres. Antes de que Sidney Poitier entrara en la gran pantalla, Hattie McDonald ya había enamorado al público con su papel de Mammy, el ama de llaves de la casa, en Lo que el viento se llevó (1939). Esta película, que ha sido foco de polémicas tras las protestas del Black Lives Matter en Estados Unidos, fue la que le dio a McDonald el ser la primera mujer afroamericana en estar nominada a los Óscar. No ganó el Óscar, tampoco pudo ver el estreno de la película junto al resto de compañeros, ni asistió a la gala en la que ella misma tenía la posibilidad de ganar una estatuilla. Sin embargo, fue una mujer que dio visibilidad a la población negra.

Aun así, Sidney Poitier y Hattie McDonald, sobre todo ella, tuvieron dificultades con la propia sociedad negra. Su trabajo en papeles que reforzaban el estereotipo racista del cine estadounidense hizo que se ganasen la reputación de “negros blancos”. Se encontraban pues en un limbo de rechazo entre la población blanca y la propia población afroamericana. McDonald, que no vivió una vida de lujos a pesar de su éxito actoral, dijo que a ella poco le importaba la opinión que los demás tuvieran de ella: “Prefiero interpretar a una criada por 700 dólares, que ser una por 7”.

Esta problemática fue habitual y se ha mostrado en muchas películas y series actuales como, por ejemplo, la reciente Hollywood de Netflix o el largometraje Green Book (2018). Afortunadamente, hoy en día, la costumbre hace que no resalte que un papel protagonista esté ocupado por una persona de color, pero hubo un tiempo en el que resultaba un acto heroico y descabellado.

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