La curva invisible

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La soledad, las sesiones en remoto y la presión por un futuro incierto disparan la ansiedad y la depresión en los estudiantes durante la crisis del coronavirus. Mientras España se aboca a la segunda ola, los estudiantes temen una situación similar a la vivida desde marzo.

Marzo de 2020. Icíar no ha dormido esta noche. Ayer tampoco pudo hacerlo y va a cumplir una semana y media sin descansar bien. Empieza a sospechar que va para largo. Confiesa que es bastante difícil descansar tranquilamente cuando las noticias que llegan de fuera distan mucho de ser buenas (los números de fallecidos son de tres cifras). Son las cinco de la madrugada y en cuatro horas tiene clase online como si nada a su alrededor hubiera cambiado. 

“Tampoco están sus amigos. Con ellos ocurre como con las clases en remoto: no son lo mismo”.

Su clase ya no es la misma. Las amplias aulas de derecho de la Carlos III en Getafe tienen capacidad para acoger a 92 estudiantes (aunque normalmente solo acudan 40). Su nueva clase mide 4×3 metros cuadrados y no hay murmullos de alumnos despistados, tampoco el repiqueteo de decenas de teclados golpeados al mismo tiempo o algún chistido furtivo. Solo repiquetea ella alguna nota suelta, no hay más voces que la del profesor al otro lado de la pantalla y a los alumnos despistados no puede verlos, pero sabe que aparecerán al final de la clase para despedirse del profesor con un “Gracias y hasta pronto” después de hora y media en silencio.  Tampoco están sus amigos. Con ellos ocurre como con las clases en remoto: no son lo mismo. A través de los mensajes y las videollamadas la calidez del trato humano desaparece: “ahora mis amigos son solos píxeles tras un cristal”.

Icíar se acuesta a los cinco minutos de comenzar la clase y deja el ordenador encendido al lado. No entiende el nuevo sistema, sus profesores no saben contestar a sus dudas acerca de cómo serán los exámenes, los formatos de evaluación y otras cuestiones que afectan a su futuro y el ministerio competente para ello no da señales de saber qué solución proponer. Icíar cree que no puede más. Entonces escucha un tosido seco al otro lado de la pared, en la habitación donde trabaja su padre, y siente que el tiempo se detiene. Cuando lo explica recuerda un fragmento de Alicia en el País de las Maravillas: «¿Cuánto tiempo es para siempre? ». «A veces solo un segundo». 

Tres días después su padre pasa a formar parte la lista de contagiados por coronavirus. Había estado en contacto con un compañero de trabajo que había vuelto de Milán y era portador, como muchos otros, sin saberlo. Por su parte, Icíar pasaba a pertenecer a una lista de la que no hay cifras oficiales: los jóvenes diagnosticados con ansiedad o depresión durante la pandemia. Tras ponerse en contacto con un gabinete psicológico y tener una sesión telefónica, una profesional le anunciaba que sus síntomas concordaban con estas dos enfermedades. 

Depresión y ansiedad: las enfermedades silenciosas

La segunda ola de Coronavirus parece haber comenzado en España. Las previsiones que apuntaban a que esta llegaría en otoño no han acertado y los centros educativos se preparan para afrontar un inicio de curso incierto. Sin embargo, existe un temor para los alumnos: ¿Qué sucederá si nos vuelven a confinar? La primera ola fue devastadora para muchos jóvenes que, debido al confinamiento y sus consecuencias, vieron mermada su salud mental y padecieron depresión y ansiedad que no supieron cómo afrontar ante la dificultad de acudir a un profesional.

En su referencia sobre la depresión del año 2020, la Organización Mundial de la Salud afirma que es la primera causa de discapacidad a nivel mundial. Mientras que en el mundo la padecen más de 300 millones de personas, en España se calcula que más de dos millones de personas conviven con este trastorno que les impide desarrollar su vida con normalidad. En un estudio acerca de la prevalencia de la depresión en España en los últimos 15 años, la  revista “European Journal of Investigation in Health” afirma que un 55,8% de los estudiantes universitarios padece esta enfermedad. Además, aseguran que afecta más a las mujeres, quienes registran más casos diagnosticados desde la franja de los 8 a 12 años hasta la edad adulta.

“Encerrado en mi hogar me sentía en una jaula de oro mientras fuera todo ardía”, cuenta uno de los jóvenes encuestados. Imagen: Pilar Martínez Moreno

El manual psicológico MIBE (Manual de Medicina Interna Basada en la Evidencia) define la ansiedad como el sentimiento anormal de temor ante un estímulo. En el caso de los estudiantes, el estudio publicado por la empresa Global Student Accommodations (una de las principales en la gestión de residencias universitarias en Europa) titulado “Student Wellbeing Matters” (el bienestar de los estudiantes importa), afirmaba que un 47,1% de los estudiantes universitarios españoles padecía ansiedad antes de la pandemia. Los profesores de la Universidad Rovira i Virgili, Josep Lluís Piñol y Antonio Labad, junto con el profesor Instituto Universitario para la Investigación en Atención Primaria de Salud Jordi Gol, Enric Aragonès, planteaban que la ansiedad podía venir acompañada de otras enfermedades mentales, entre las que se encuentra la depresión. La Consejería de Sanidad de la Comunidad de Madrid advierte que las personas afectadas de esta enfermedad presentan un riesgo suicida mayor que la población general; dato que toma mayor relevancia si observamos, según los datos del INE, que el suicidio se ha convertido en la tercera causa de mortalidad por razones externas entre los 15 y los 29 años, con 268 defunciones notificadas en el año 2018. El suicidio es la primera causa de mortalidad externa en España y ya es responsable del doble de fallecimientos que los accidentes de tráfico. 

La pandemia empeoró la salud mental de muchos estudiantes

La profesora en la Universidad de Santiago de Compostela (USC) y experta en Psicología del Lenguaje, Isabel Fraga Carou, fue una de las principales responsables del estudio COnVIDa-20, que buscaba evaluar  la salud mental de los estudiantes durante el inicio del confinamiento. Isabel plantea que la salud de los estudiantes ya era precaria antes de la pandemia, sin embargo el estudio anteriormente mencionado arroja nuevos datos. “Si hablamos de estrés, durante la pandemia los niveles de los estudiantes pasaron de 5 a 8 puntos. También encontramos síntomas de depresión en, aproximadamente, un 40% de los encuestados y de ansiedad generalizada en un 60% de los estudiantes”, exlicaba Isabel. 

“Encontramos síntomas de depresión en, aproximadamente, un 40% de los encuestados y de ansiedad generalizada en un 60% de los estudiantes”.

Sin embargo, los testimonios de los estudiantes son esenciales para entender esta situación. El caso de Icíar es uno de los más de doscientos universitarios que contestaron a la encuesta “Depresión y ansiedad en tiempos de Covid 19”. En ella, un 41,5% de los encuestados afirmaba que le habían sido diagnosticadas la depresión y la ansiedad durante la pandemia, mientras que un 31,8% creían haberlas padecido pero no habían recibido un diagnóstico de un profesional. Las razones son varias. Una de ellas era la sensación de abandono que decían haber sentido un 53,8% de los encuestados por parte de sus docentes y universidades. Uno de los encuestados afirma: “la universidad solo se ha puesto en contacto con nosotros para transmitir mensajes de apoyo pero no nos han ayudado en nada. De hecho, parece que han hecho todo lo posible para empeorar la situación”. Además, debido a esta nueva forma de docencia, muchos docentes aumentaron la carga de trabajo en su asignatura, lo que le ha sucedido a un 63% de los alumnos universitarios. “Durante los dos primeros meses de confinamiento no recibimos ningún tipo de mensaje de los profesores. A mediados de mayo nos informaron de que teníamos que realizar los informes que deberíamos haber realizado en ese tiempo. Hemos tenido que hacer en un mes lo que estaba programado para tres y nuestra carga de trabajo se ha triplicado sin haber recibido clases y sin muchos de los medios necesarios”. La soledad, una difícil situación familiar o los problemas de convivencia son otros factores que pueden haber afectado a los estudiantes durante el tiempo que estuvieron confinados y que en muchos casos no se tuvieron en cuenta.

Con la nueva normalidad, Icíar pudo acudir al psicólogo de forma presencial, algo que quizás tenga que abandonar temporalmente mientras la situación no mejore. Como ella, muchos jóvenes tuvieron que añadir esta actividad a su nueva rutina. La cuarentena hizo mella, de forma silenciosa, en una parte de la población muy vulnerable como lo son los estudiantes. Ahora regresan los mismos temores: el encierro, el miedo a la situación económica tras la pandemia, la salud de un ser querido o la dificultad de engancharse a un nuevo modelo de docencia. Otoño se acerca y los datos a finales de verano no son alentadores. La mezcla entre educación presencial y docencia en remoto será la alternativa que sigan los centros. En caso de un positivo en la clase, el centro activará el protocolo e indicará a los estudiantes que medidas han de seguir.  

Tras la primera oleada los estudiantes se enfrentaban a la “nueva normalidad”. Que parecida es a la anormalidad vivida en los meses de marzo, mayo y junio.

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